Querido Amor,
la historia más bonita de todas es quizás la que nunca tuvimos. Aquellas tardes que podríamos haber pasado en un parque, o en una cafetería del centro. Pasear. Ir de vez en cuando al cine. Entrar a tiendas de ropa sin llevar dinero encima, solo por el hecho de pasar tiempo juntos y reírnos el uno con el otro, probándonos ropa, viéndonos como los más guapos. Otras tardes, en las que el juego consistía en quitarse la ropa, y no probársela, en ir por casa vestida con tu camiseta. Oler a ti, a nosotros, abrazarte y que me abrazaras, miles de besos, caricias y susurros que nos erizaban la piel. Esas tardes que no vivimos... maravillosas.
Noches de cara a las estrellas, para luego mirarte, y comprobar que no brillaban tanto si las comparabas con el brillo de mis ojos al verte. Noches de cenas, de fiestas, de estar con amigos, y de estar tú y yo. Que me acompañabas a casa, riendo, y de camino me decías que no me querías más, y sin poder evitarlo, me mirabas con ojos de que si. Y entonces, yo me sentía segura, porque en tu mirada veía el amor que tus palabras me negaban entre risas y besos robados. Que me hacía la enfadada, solo para que tú me abrazaras fuerte, y cada vez que me dejabas en la puerta, ya nos echábamos de menos. Que me llevabas loca, Amor, y eso que no lo vivimos.
Si que es cierto, que la historia más bonita de todas es quizás la que nunca tuvimos, pero eso no me pone triste, no creas eso. La historia que nunca tuvimos es a su vez una historia, otra diferente, y esa si que la estoy viviendo contigo, y me encanta.
Me despido, Amor, diciendo que jamás habrá historias más bonita, aunque solo de momento, porque a veces, Amor, el jamás, es algo temporal.
Mireia.
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